El futbol, al menos aquí en la Argentina, es esa inagotable lección de sabiduría de vida que nos ilumina, al menos a los que lo seguimos con pasión, cuando menos lo esperabamos.
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Lo dicho puede sonar exagerado, pero no lo es tanto si lo entendemos a la luz de la extraordinaria energía popular que lo rodea desde hace más de un siglo y que lo ha convertido, por propioderecho, en una actividad de prosapia y jerarquía en nuestra comunidad, que resiste incluso el maltrato brutal de los dirigentes-empresarios que lo saquean y desnaturalizan.
¿Quién hubiera dicho, en este vértigo de pases millonarios, clubes fundidos, jugadores estrella que pretenden manejar su institución, barras delictivas, dirigentes mediocres y venales, hinchas enfurecidos con todo y con todos, que iba a aparecer el Estudiantes de la Plata, (un grande en serio cuando se habla de eso) a darnos esta lección emocionante de fútbol y de vida?
Como lo hizo, treinta y tantos años ha, aquel otro gran equipo pincha de los sesenta, el que marcó un camino, el de las hazañas memorables, el que le tapó la boca a la crítica y la calumnia de los charlatanes que se dedican a eso, con títulos ganados en buena ley y en cualquier estadio.
El actual grupo de jugadores, cuerpo técnico y dirigentes de Estudiantes se impuso rescatando esa mística copera que no es producto ni de la casualidad ni nace de la nada.
En fútbol, como en boxeo o cualquier otro deporte o actividad humana, lo que marca la diferencia, a la corta o a la larga, son los valores espirituales de los que lo practican.
Esa reserva de cualidades y virtudes de orígen trascendente y sin las cuales la técnica o el esfuerzo tienen corta trayectoria (tal vez por ello el Maradona futbolista, dotado en el punto más alto en ambos aspectos, fue el más grande)
Estudiantes, en esta Copa, nos demostró que tenía lo que se necesita.
Y para los que creemos en la fuerza de las tradiciones y en su impronta, representa la esperanza de comprobar que la grandeza espiritual de las comunidades no se pierde ni diluye tan fácilmente en el tiempo o en los fracasos y las miserias de los que no saben o no pueden sostenerlas en su momento, sino que sobrevive, terca, en el alma de los grupos humanos que supieron poseerla y cuando ve su oportunidad la sabe aprovechar y regresa triunfante.
Y aquí vino este plantel de Estudiantes, que se formó en un descenso a la B, volvió a primera, siempre rodeado del recuerdo de sus próceres que le dieron gloria, y nos dijo a todos que lo que se lleva en el alma y la sangre, porque fue heredado o adquirido con amor y respeto, no se pierde.
Siempre está allí en el corazón, listo para regresar cuando ve su oportunidad y decirnos, con orgullo, presente ¡¡¡como en esta Copa, como en la noche del Mineirao!!!.
Y en el festejo, un solo gesto de los jugadores nos dijo mucho más de lo que podremos explicar en estas palabras.
Agradecieron en sus remeras al desaparecido ruso Prátola, el que no fue un jugador millonario en el futbol europeo. Fue el gran capitán de aquel inicio de este ciclo, el símbolo de estos valores y cualidades que decimos y líder de un plantel que volvió, con estas armas, a lo más alto del fútbol continental.
Y los que tienen gratitud y recuerdan sus orígenes son grandes.
Gracias campeón, entonces, de todos los que amamos el fútbol y la vida y que esperamos y confiamos en las reservas y valores de nuestro pueblo.