Vivimos tiempos de confusión, y asi nos sentimos. Desde distintos frentes llega un supuesto mensaje global, “moderno”, apoyado en una poderosa maquinaria propagandística mundial, con el que se intenta derrumbar a lo “viejo” para construir una supuesta "sociedad nueva" , la que a poco se mira el producto que se ofrece y sobre todo quienes lo venden, despierta en realidad más temores que confianza. 
Hasta aquí, estos modernos profetas y su maquinaria vienen avanzando con éxito (y de ahí lo que tenemos) apoyados en un discurso mezcla rara de capitalismo liberal-progre y marxismo rosa resentido.
Pero este relativo logro no debe infundirnos a la creencia de triunfo.
Detrás del discurso "nuevo", la única bandera cierta es la disolvente del lucro y el hedonismo. Y nada así ha prevalecido nunca.
Ejércitos y Naciones poderosas han procurado en vano, a lo largo de los siglos, imponer lo efímero de la codicia y la cultura del cuerpo por sobre lo sagrado y trascendente, en su afán de negar las eternas leyes naturales... y fracasaron irremediablemente.
Ahora que las ideologías en pugna en el siglo pasado parecen haber alcanzado un acuerdo en la tarea destructiva, con una combinación venenosa de capitalismo liberal -progre y marxismo light, nos viene al recuerdo, como buen ejemplo de aquello que prevalece y aquello que no lo hace, lo ocurrido con la Catedral de Cristo Salvador, en Moscú, en tiempos del desaparecido imperio socialista y ateo del siglo pasado, la URSS, cuyo auto-derrumbe todavía no alcanzan a comprender sus nostálgicos.
La que era por entonces la iglesia más alta del mundo, la emblemática Catedral de Cristo Salvador en Moscú, a orillas del río Moscova fue totalmente demolida en 1931 con explosivos, por disposición del gobierno del presidente Stalin, con la idea de edificar, en su lugar y en el mismo sitio, a lo que se pretendía fuera el edificio más alto del planeta, un presuntuoso "Palacio de los Soviets", que superaría en algunos metros al emblema capitalista del Empire State de Nueva York.
La demolición se concretó en un recordado espectáculo de explosivos, pero la Gran Guerra frustró la realización del fastuoso proyecto stalinista del Palacio de los Soviets, al que nunca conocimos sino en maquetas.
El episodio se nos representa como la vanidad de toda pretensión por construir algo sustentable sobre el odio a lo sagrado y a las leyes eternas del Creador. El primer acto para que naciera lo “nuevo” era el odio, derrumbar lo religioso. Lo "nuevo" finalmente nunca llegó.
Hoy, en ese mismo sitio, se levanta victoriosa, reconstruida exactamente como era la original, nuevamente la Catedral de Cristo Salvador, reponiendo ante el mundo el testimonio de la fe de los pueblos y de la eternidad que tiene lo sagrado.
Vivimos tiempos en los que se repite, con distintas formas pero con similares fines, la campaña de destrucción y odio hacia todo lo sano, hacia todo lo bueno y trascendente.
Una campaña que perturba los corazones nobles, que son los que forman el cuerpo mayoritario de la población.
Es particularmente feroz contra del milenario Mensaje de amor que nos llega del Evangelio, y que nos dice, sencillamente, que lo bueno lo encontramos en el amor a Dios y al prójimo, en la familia y en preservarla por la fidelidad, en el respeto por los padres y por los mayores, en educar a los hijos en la fe y la caridad, y en inculcarles formar a su vez a su familia con estos valores cristianos que los harán ser generosos y buenos ciudadanos.
Un Mensaje simple, de amor, que a nadie debería incomodar y que sin embargo es duramente atacado y vapuleado, acusándolo de retrógrado, reaccionario y atrasado ... ¿¿¿por quiénes????
Pues, precisamente, por estos "modernos profetas del odio", por los exégetas del cuerpo, los placeres y los bienes materiales, que parece han direccionado ahora los fracasados anuncios de fundar un “hombre nuevo” al servicio de destruir todo lo que quede en pie de bueno y que funcione.
Solo tienen para exhibir, por derecha o por izquierda, como resultado de esta perversa pretensión, la miseria y la violencia social, las drogas, el sida, el aborto, y la promiscuidad.
Parece como un chiste, pero no lo es.
El buen cristiano, tanto como cualquier otro buen hombre de la religión que sea, rechaza este modo de vida, sencillamente porque aspira a mantener aquel que las ancestrales leyes de la preservación de la especie y del amor le dictan. Desea solo mantener su modo de vida, y asi lo transmite a sus hijos, y precisamente gracias a ello la humanidad ha triunfado en su largo camino hasta hoy .
De ahí seguramente el odio, que se expresa, tal como en el referido episodio de la Catedral, en la pretensión de demoler hasta sus cimientos a todo aquello que sea un símbolo de lo sagrado. Porque representa la barrera, la única, que impide instalar las costumbres y creencias necesarias a una sociedad sometida y apagada, sin ideas, sin vida espiritual, ganada por la cultura hedonista, los vicios, la enfermedad y la decadencia moral, apta a cualquier experimento de dominación.
Nosotros sabemos que finalmente, por sobre el dolor y la destrucción actual triunfará, como a orillas del río Moscova, lo trascendente y lo eterno.